En unos meses se levantará el telón para el Mundial de Fútbol 2026. A partir del 11 de junio del próximo año, México estará en el foco de la atención global. La preparación no se limita a estadios o logística turística. Incluye también la proyección cultural de un símbolo nacional: el tequila.
Con los norteamericanos contentos porque ya tienen su Mundial (el de 2026) después de la derrota de 2010, para 2030 nos espera un recital de propuestas de los gobiernos de los países que albergarán este evento para capitalizar su impacto económico, social y reputacional.
La estrategia económica del crossfit se basa en una lógica descentralizada y un anclaje comunitario, mientras que el Hyrox se fundamenta en en modelo centralizado de organización de eventos y un efecto de escala. Si bien ambos encarnan paradigmas económicos distintos, convergen en una misma dinámica: valorizar el deporte como mercado.
El Mundial de Clubes sigue siendo un imán para millones de aficionados, y su impacto económico, con casi total seguridad, será notable, especialmente en las ciudades sede y los sectores directamente vinculados al evento.
Como Lamine Yamal, Jesse Owens y Nico Willians están demostrando que el valor y las capacidades deportivas nada tienen que ver con las “razas”, y que el racismo no es más que un comportamiento ideológico preconcebido que califica y discrimina.
La sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) sobre el caso de la Superliga, que acaba de hacerse pública, trastocará la gobernanza del fútbol, casi como lo hizo la sentencia Bosman a principios de los años noventa.
¿Hasta qué punto el culto al deporte y las peregrinaciones regulares a canchas y estadios son responsables del vaciamiento de iglesias y otros establecimientos religiosos?
La geopolítica siempre ha influido en el mundo del deporte. Las decisiones de los grupos dirigente del COI y de la FIFA han estado marcadas por sonados sucesos económicos y políticos.